Ganar es superarse a uno mismo

El testimonio del maratonista solidario Sebastián Armenault.

 

“Nos equivocamos cuando queremos imitar a los demás: el desafío es encontrar el propio camino”. Así lo indicó Sebastián Armenault, maratonista solidario y autor del libro Superarse es ganar, durante el congreso de los grupos CREA de la zona Oeste Arenoso realizado recientemente en Mar del Plata.

“Jugaba al rugbi, pero era un patadura importante. Tenía hermanos que jugaban muy bien y se iban de gira al exterior. Yo, lo mas lejos que fui de gira con el rugbi es a Posadas”, recordó Armenault.

Con el tiempo dejó de practicar este deporte (aunque siguió siendo entrenador durante un tiempo). Estudió; tuvo dos hijas; se divorció. Trabajó en sectores comerciales y de marketing de diferentes empresas hasta que un día, un amigo lo invitó a correr por los lagos de Palermo. Tenía por entonces 40 años.

“Era un sábado por la mañana. Di una vuelta al lago de Palermo; en total, dos kilómetros. Terminé muy cansado. Me dolía la cabeza porque no había respirado correctamente, pero me había superado a mí mismo”, señaló.

Poco a poco, comenzó a entusiasmarse con el running. Y así fue corriendo 4, 5, 10 kilómetros, superándose en cada nueva jornada. Finalmente decidió anotarse en un maratón de 42 kilómetros en la ciudad de Buenos Aires.

“Hacía mucho frío, era un domingo y en el camino pensé en los 42 kilómetros que tenía por delante y me volví a mi casa. Entré a la habitación, vi una foto de mis hijas y decidí volver, pero llevé algo de dinero para tomarme un taxi en caso de ser necesario. Cuando regresé y les dije a mis amigos maratonistas que había ido a buscar plata, me dijeron que estaba muy bien porque en el trayecto quizás fuera necesario comprar alguna bebida. No me animé en ese momento a decirles la verdad”, relató. Finalmente logró completar el recorrido sin inconvenientes. ¿Ustedes creen que la fuerza para correr cinco horas me la dio un billete de papel? No. Es el fuego interno el que te da la fuerza”, reveló.

“Luego me inscribí en un maratón del cruce de los Andes de 100 kilómetros y tres días. Cuando terminó, me pregunté: ¿por qué no cumplir un sueño? Y me anoté en un maratón de 100 kilómetros por el Sahara, que ese año, al cumplirse el décimo aniversario, se extendió a 120 kilómetros a modo de festejo”, agregó.

El maratonista comentó que un 15% del trayecto del maratón Sahara-Túnez está conformado por zonas de piedra suelta –en los cuales el riesgo de sufrir una caída o un esguince es elevado–, mientras que el 85% restante corresponde a suelos con arena fina como la harina (donde correr es mucho más trabajoso que en suelo firme).

“Existen dos recomendaciones básicas para esa carrera. La primera es poner las zapatillas boca abajo al dormir para evitar que entren alacranes. La segunda es que al observar una tormenta de arena, lo más conveniente es detenerse en el lugar hasta que haya pasado porque los médanos pueden cambiar de lugar y uno puede llegar a desorientarse”, indicó.

“Cuando faltaban cinco kilómetros para terminar la carrera, se produjo una tormenta de arena; los corredores que venían delante de mí comenzaron a parar y lo mismo hice yo. Pero en un momento veo un grupo de camellos que pasaban y, como sabía que la carrera terminaba en un oasis, imaginé que hacia allí se dirigían los animales. Así que los seguí en medio de la nube de arena y logré llegar a la meta pasando a más de 40 corredores”, añadió.

 

Desafíos

El siguiente desafío fue el maratón de 170 kilómetros del Desierto de Emiratos de Omán. “En esa región existen los médanos más altos del mundo: con 25 a 30 metros, son verdaderos edificios de arena. Y la amplitud térmica es enorme: llegaron a hacer

62 ºC por la tarde y -8 ºC por la noche”, apuntó Armenault.

“En esa carrera me informaron que habían perdido mi bolso. Pero tomé la carta que me habían escrito mis hijas y, luego de leerla, decidí correrla igual. No tenía fundas para los pies, con lo cual la arena ingresaba constantemente a las zapatillas. En mitad de la carrera, tenía los pies muy lastimados: había perdido ocho de las diez uñas de los pies”, comentó.

“En un momento de la carrera paré y vi que tanto hacia adelante como hacia atrás no había nadie: estaba completamente solo en medio del desierto. Comprendí entonces que había descubierto lo que me apasionaba y tomé la decisión de cambiar mi vida. Terminé la carrera como pude. Perdí seis kilos de peso”, añadió.

En el viaje de regreso a Buenos Aires, ocurrió algo inesperado. El avión, que debía hacer escala en Nueva York, se desvió por mal tiempo hasta el aeropuerto de Boston. Allí se encontró con Dick Hoyt (75 años) y su hijo Rick (53), quienes compitieron juntos en numerosos maratones y triatlones.

Rick tiene una discapacidad producida al momento de nacer por falta de oxígeno (su cordón umbilical se enredó alrededor de su cuello, lo que le originó una parálisis cerebral). Su padre lo lleva en una silla acoplada al frente de su bicicleta, lo arrastra en un bote especial cuando nadan y lo empuja en una silla de ruedas adaptada cuando corren.

“Ambos son una inspiración para mí. Yo les había escrito un correo electrónico hacía un tiempo y me habían contestado. Me presenté y con el abrazo que me dieron se disiparon muchas de las dudas que había tenido hasta entonces”, explicó.

“Muchos creen que todo lo que hacemos es para salir campeones. Pero ¿por qué razón participaban Dick y Rick Hoyt de una carrera, si no podían salir primeros? Porque se estaban desafiando a sí mismos, sin importar el puesto que lograran alcanzar”, agregó.

“Cuando uno es leal es a uno mismo, no importa en qué posición sale. ¿Por qué ustedes siguen adelante con sus empresas con todos los problemas que tienen? Porque son apasionados en lo que hacen”, argumentó el maratonista.

Al regresar a Buenos Aires, Armenault comunicó a su jefe de entonces que en tres meses dejaría su trabajo para dedicarse a correr. “Creyeron que me había vuelto loco. Pero era algo que lo había sentido en mi interior. Quiero llevar este mensaje para que todos sientan que tienen todo en sus manos para ser felices; sólo hay que intentarlo y confiar en uno mismo”.

“Así, empecé a consultar a distintas empresas y les propuse que por cada kilómetro recorrido, donaran una cantidad determinada a entidades que trabajan con personas carenciadas; de ese modo, se fueron abriendo puertas”, señaló.

El maratonista solidario recorrió los 190 kilómetros de la carrera del Himalaya (India y Nepal), otros 200 kilómetros en Nueva Zelanda, 250 kilómetros del Maratón de Sables (Marruecos), 50 kilómetros en el Polo Sur, 330 kilómetros en el maratón Transalpino (Alemania, Austria, Suiza e Italia), el maratón de Palm Beach (EE. UU.), 250 kilómetros del Desierto de Gobi (China), 257 kilómetros en el Amazonas, 42 kilómetros del Untertage-Marathon Sondershausen (Alemania) y 170 kilómetros del Desierto de Uyuni en Bolivia (el salar más grande del mundo, que se encuentra a unos 4000 metros de altura sobre el nivel del mar). Es el primer argentino y el primer sudamericano en correr por lo menos una maratón en los siete continentes y uno de los 60 corredores de todo el mundo en pertenecer al “Club de los Siete Continentes”.

“En medio de la carrera del Himalaya, uno se encuentra con un colegio al que asisten niños muy pobres. Yo me detuve para llevarles cuadernos, lápices y golosinas; me decían: “¡Argentino! ¿Vas último y perdés tiempo con eso?” Yo les contestaba que estaba corriendo otra carrera, y el contacto con los niños me daba fuerzas para seguir adelante. Los chicos se pusieron su mejor ropa para recibirme. No fueron a recibir al campeón del mundo, sino al loco que había pasado por ahí para visitarlos. ¿Creen que hace falta una medalla o una copa para superar esa experiencia?”, preguntó.

“En todo camino de superación, tiene que haber momentos en los que podamos disfrutar de lo que hacemos. Si nos ponemos objetivos inalcanzables, nos frustramos porque nunca llegamos; antes se nos acaban las fuerzas”, apuntó.

Algunas de las donaciones conseguidas por Armenault son tres respiradores artificiales, tres electrocardiógrafos, tres desfibriladores, 350 pares de anteojos recetados, 250 kilos de leche en polvo, 10.000 kilos de pan, 7500 barritas de cereales, 450 pares de zapatillas, 500 remeras y 500 libros, entre muchas otras cosas.

“En los 250 kilómetros del Sahara, la carrera empezó con 1000 participantes de 54 países. A los primeros 600 no los alcanzo ni con una moto, dada la diferencia que existe entre esos atletas y yo. El que ganó la carrera, un marroquí, recibió un premio de 5000 dólares. Yo salí en el puesto 793. Faltando siete kilómetros para terminar la carrera, se me rompió la zapatilla izquierda y tuve que terminar en medias; se me abrió el pie y tuvieron que operarme. Pero pude conseguir más de 50.000 dólares en donaciones”, concluyó.

A los 44 años de edad, Armenault descubrió su vocación: correr maratones en los lugares más diversos y remotos del mundo; ayudar a comedores comunitarios, hospitales, geriátricos y colegios de zonas carenciadas, y brindar un mensaje positivo a todos los que necesitan una ayuda motivacional.

Armenault: “Con esfuerzo, alegría, respeto, pasión y humildad no hay objetivo ni sueño inalcanzable”.